miércoles, 25 de febrero de 2009

te parece si nos concupisceamos??


concupiscencia.
(Del lat. concupiscentĭa).
1. f. En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos.
m
Cuidado con la concupiscencia

Siempre que se habla de concupiscencia se está condenando al hombre. ¿Por ventura la esposa no podría cometer también este pecado? ¿La mujer no tendrá, digo, las mismas posibilidades de condenarse que el hombre? Alguien debería reivindicar este derecho).

Pero vayamos al centro del problema. Hasta ahora, el hombre se casaba por razones diversas:
  • porque la mujer tenía dinero,
  • por librarse de la soledad,
  • por encontrar una sirvienta a bajo precio,
  • por amor hacia una mujer,
  • por solucionar la acuciante llamada del sexo, etcétera.
Durante siglos, el cristiano ha ido funcionando mal que bien en la cama, atraído por los encantos figurados o reales de su mujer, sin preguntarse excesivamente, cuando apagaba la luz y jugaba a médicos con ella, si la estaba amando espiritualmente o no. El caso es que ahora, cuando el cristiano se ve acosado por tantos agobios, como su puesto de trabajo en precario, la pérdida del poder adquisitivo de su salario, la letra vergonzante que acecha, la contaminación en el barrio, la inestabilidad de su equipo de fútbol, el descarrío del hijo mayor, etcétera, viene el Vaticano y le aprieta un agujero más al cinturón al decirle: «Ojo con tu ojo».

Ya no le basta controlar el ojo cuando se le va en pos de la vecina del quinto. Ahora resulta que no debe mirar a su esposa con concupiscencia si esta mirada no va acompañada de amor espiritual. Lo cual plantea una serie de interrogantes, no sé si de orden teológico, cuya importancia no cabe ignorar.
1. Cuánto amor espiritual necesita el marido para poder amar con concupiscencia a su mujer.
2. Cuando hace el amor con su esposa sin amor espiritual, cuánto grado de control debe tener sobre su deseo para que éste no sea concupiscente.
3. Si no amando espiritualmente a su esposa, y rechazando como buen fiel la concupiscencia, le sobreviene un gatillazo, ¿quién paga los platos rotos?
4. Si la esposa no es un objeto, como da a entender el precepto, y desea ser amada concupiscentemente, ¿quién será responsable de la frustración femenina ante la negativa marital?
5. Si por renuncia a la concupiscencia se renuncia también al acto amoroso y se producen frustraciones en cadena que provocan la ruptura de la pareja, ¿cuál de los dos cónyuges es culpable?
6. Si por seguir la continencia concupiscente ;e ven abocados al divorcio y el Vaticano les cierra asimismo esa puerta, ¿qué pueden hacer esto; infelices para librarse del pecado que tan insistentemente les cerca?
7. En conclusión: si no pueden hacer el amor, ni divorciarse, ni suicidarse -porque también es pecado-, ¿no deberían las ióvenes parejas meditar profundamente antes de acceder al sacramento matrimonial?

Mucho me temo que los autores del revolucionario invento concupiscente no han tenido en cuenta ninguno de estos supuestos, lo cual no deja de ser lamentable.Por otro lado, como han señalado los panegiristas de turno, el precepto vaticano es profundo y delicado. Dice que gracias a él «se coloca a la mujer en la plenitud de su dignidad, ya que una mujer deseada sólo fisiológicamente no sólo deja de ser esposa, sino que se convierte en una prostituta». ¡Caramba con los panegiristas, con qué crudeza hablan del sexo de los ángeles!

Y a todo esto, ¿qué pasa con la mujer? Algo tendrá que decir cuando sobre ella se vuelcan miradas con cupiscentes de señores ajenos que además se permiten hasta llamarlas prostitutas.
Puestas así las cosas, habría quizá una solución: que el hombre deje de mirar con concupiscencia a su esposa gracias a un antifaz y, para que el amor material funcione, sea la propia mujer la que mire al marido concupiscentemente. ¿Podría llegarse a una transacción de este tipo?

Parece entonces que la clave está en el deseo desordenado (¿toda concupiscencia es desordenada o hay una que no lo es?)
El deseo en sí no es malo, sólo resulta pecaminoso cuando se acepta con desarreglo. En cualquier caso, después de tanta matización, queda clara una cosa: usted puede desear a su mujer. con orden; es decir, su mirada no debe echar chiribitas sobre ciertas zonas erógenas de su esposa; las manos no se le han de convertir en tentáculos pulposos. Actúe simplemente con dos manos tranquilas y dos ojos serenos, sin regodeo. ¡Ah!, y la boca no debe babearle en esas íntimas tesituras. Siendo así, usted está dentro de un orden bendito.
p
Sacado de El Pais ....ese periodico de derechas...

2 comentarios:

Srta.Marta dijo...

vaya... según esto... QUE PUTA (prostituta) SOY!!!! me tendré que casar?

Anónimo dijo...

Respeto la religión.. pero no la comparto, ni siquiera creo que la entiendo (especialmente la católica), me ha parecido muy interesante tu post... pero se me ocurre una pregunta que me apetece lanzar al aire..

¿como "hombres".. que viven en celibato.. pueden dar siquiera consejos "prematrimoniales"? ¿como pueden siquiera atreverse a opinar sobre algo que desconocen y jamás podrán experimentar?

En fin.. me "divierte" el tema religion, pero no escribo más, que me conozco y acabo hablando de los chinos jajaaj